Si a alguien le sobra el dinero y le gusta mucho el baloncesto es normal pagar 82.000 dólares por un asiento a pie de cancha, junto al banquillo visitante.Si encima es un gran hincha de los Lakers es casi seguro que incluso aceptaría gastarse mucho más.Desde su butaca, la tercera por la derecha más cercana al banquillo visitante, si te gusta el baloncesto estás en éxtasis continuo porque permite vivir con una increíble cercanía el mejor baloncesto del mundo. Esa sensación debe ser la que le da vida a Nicholson. Sentarse allí incluso con la cancha vacía, cuando ya sólo quedan restos de palomitas y refrescos por el suelo, es alucinante; es un pabellón cinco estrellas (19.500 asientos). Escuchar cómo se encienden o se apagan los impresionantes focos suena a baloncesto, ver las ocho camisetas retiradas en lo alto, la presentación de los jugadores con el pabellón a oscuras, las imágenes históricas de los duelos con los Celtics en una sábana que cae envolviendo el marcador... es fácil entender a Nicholson.
El rostro de Nicholson (gafas oscuras y preferentemente vestido de negro) es el último en aparecer en el videomarcador cuando se muestran imágenes de los famosos, y siempre se lleva la mayor ovación. Saluda a la concurrencia, pero si las cosas van mal no está para gaitas. Se levanta a menudo, sobre todo si tiene al técnico visitante delante (en esta final Doc Rivers, de los Celtics) y no le deja ver. En más de una ocasión ha hecho algún comentario al técnico de turno para despistarle; cuentan incluso que un día le tocó el culo a un entrenador porque le tapaba la visión.
Ahora Nicholson está muy preocupado. Ve la final casi perdida. La próxima madrugada es el quinto partido y Boston está a una victoria del triunfo. Pero Nicholson volverá a su asiento. En cualquier otro deporte y otra Liga nadie se imagina sentado junto al banquillo de Schuster en el Camp Nou o de Rikjaard en el Bernabéu. Aquí sí. Es la NBA.
Extraído de www. deportistadigital.com/baloncesto/



